Félix Madrigal/ACG – Morelia, Michoacán
Entrar a la Cabaña Encantada del Zoológico ‘Benito Juárez‘ no es sólo atravesar una puerta torcida: es aceptar que, por unos minutos, la lógica va a aflojar. Desde afuera parece una atracción más, discreta, casi modesta. Pero basta cruzar el umbral para que el cuerpo empiece a dudar de sí mismo.
La cabaña fue creada en los años setenta, cuando el zoológico comenzaba a consolidarse como un espacio de encuentro para las familias morelianas. Inspirada en las casas de ilusión que juegan con la percepción, se pensó como una experiencia breve pero intensa, capaz de desorientar sin asustar y de divertir sin necesidad de grandes efectos. Todo ocurre en pocos minutos, pero esos minutos se sienten distintos.
El recorrido comienza con el agua. Ahí, lo cotidiano se vuelve extraño. El líquido parece moverse como no debería, sube cuando uno esperaría que bajara y burbujea de forma inquietante. La reacción es casi automática: acercarse, tocar, mirar dos veces. No hay explicación inmediata, solo esa sensación incómoda de que algo no encaja del todo.
Unos pasos más adelante, el comedor refuerza la idea de que la casa no obedece las reglas habituales. Los platos no se quedan quietos, los objetos parecen deslizarse con vida propia y el cuerpo empieza a inclinarse sin darse cuenta. No es mareo todavía, es más bien una alerta constante: aquí nada está completamente en su lugar.
Luego aparece el sillón del cazador. A simple vista, sentarse parece fácil; levantarse, no tanto. Quien lo intenta descubre que el equilibrio no responde como debería. El cuerpo se esfuerza por enderezarse, pero algo lo empuja a quedarse torcido. Es uno de esos momentos en los que las risas se mezclan con el desconcierto y alguien siempre termina diciendo: “no puede ser”.
Más adelante, el billar retoma la leyenda del Tío Chueco. Las bolas ruedan, se acomodan y parecen obedecer una voluntad caprichosa que siempre las lleva al mismo lugar. La historia del cazador que nunca perdía vuelve a tomar fuerza, y por un instante es fácil entender por qué durante años este espacio se ha contado más como relato que como atracción.
En esa misma zona, el columpio espera. Se mueve, o al menos así se siente. El balanceo es suave, pero suficiente para provocar ese vacío breve en el estómago que despierta carcajadas nerviosas. No dura mucho, pero deja huella. Para entonces, el cuerpo ya está completamente entregado a la experiencia.
Y justo cuando parece que el recorrido ha terminado, llega la escena final. Una habitación sencilla, una cama al centro y una persona acostada, mirando al techo. Alguien más toma una bola de boliche y la lanza directo hacia la cabeza. El impulso es cerrar los ojos. La imagen es contundente. La bola se acerca… y no golpea. La distancia engaña, la vista traiciona y el cerebro reacciona como si el peligro fuera real.
Esa bola, dice la leyenda, fue la que mató al cazador. Y aunque nada sucede, la sensación se queda. Salir de la cabaña es recuperar el equilibrio poco a poco. El piso vuelve a sentirse firme, la vista descansa y el cuerpo se acomoda de nuevo. Quedan las risas, los comentarios compartidos y la certeza de haber vivido algo extraño, pero profundamente familiar.
Para muchos morelianos, la Cabaña Encantada es un recuerdo de infancia. Para otros, una visita pendiente. Y para quienes entran por primera vez, es una sorpresa inesperada dentro del zoológico. Un lugar donde los sentidos se confunden, la realidad se tuerce un poco y uno sale, inevitablemente, chueco… pero de buen humor.