Ni la carta ni las apariciones de López Obrador benefician a la presidenta Sheinbaum. No la está “cuidando” como dice pretender; la debilita

EMILIANO MEDINA

El expresidente López Obrador apareció recurrentemente la semana pasada. Primero, en una foto con su hijo, quien busca una diputación federal por Tabasco. Después, en una carta que concluye esperando “que regrese el otro Trump”. Estas apariciones se dan en el punto más alto de incertidumbre con Estados Unidos, donde, tras el reportaje de Los Angeles Times, se reveló que a los gobernadores Alfonso Durazo y Américo Villarreal les fue revocada la visa desde el año pasado. De acuerdo con el medio, ambos están yendo a Estados Unidos bajo un programa llamado Significant Public Benefit parole, esquema normalmente reservado para personas que cooperan con las autoridades estadounidenses. En ese contexto, el expresidente ha hecho pública esta carta, la cual, lejos de ayudar a la presidenta Sheinbaum, la perjudica. Le resta liderazgo ante una base dura que aún considera que el presidente es López Obrador.

Ningún político mexicano ha despertado tantos sentimientos como él. Su persona no deja a nadie indiferente: se le ama o se le desprecia. Además, la transición política de su movimiento recuperó una práctica que se había interrumpido desde los sexenios priistas previos a la transición presidencial: él pudo elegir a su sucesora. No puede decirse lo mismo de Vicente Fox, pues su candidato predilecto era Santiago Creel, tampoco de Calderón ni de Peña Nieto, cuyos partidos perdieron la elección siguiente. Tampoco es 1994, cuando Carlos Salinas designó a Zedillo en un apuro y a los pocos meses llegó la devaluación y con ella la ruptura entre ambos. De esta forma, López Obrador pudo decidir el futuro de su coalición con el favoritismo que le dio a la presidenta Sheinbaum en la elección interna de Morena.

Habiendo entendido esto, a quienes especulamos que podría existir una ruptura necesaria entre ambos, se nos olvida que las alianzas del movimiento fueron orquestadas por el político tabasqueño. De tal manera y asumiendo que gran parte de la victoria de la presidenta se debe a López Obrador, así como la designación de quienes hoy gobiernan a su lado, sabemos que, bajo un escenario ideal, el distanciamiento se daría de forma gradual, elección tras elección, a pesar de la pérdida de legitimidad que pueda generar el desgaste de no actuar en contra de algunos de los principales políticos abiertamente designados por el expresidente.

Considero, entonces, que ni la carta ni las apariciones de López Obrador benefician a la presidenta Sheinbaum. No la está “cuidando” como dice pretender; la debilita. Les resta legitimidad a sus decisiones cuando inmediatamente el expresidente aparece corroborándolas. La pone en una posición de vulnerabilidad frente a Trump cuando recuerda que en su sexenio las cosas entre ambos se condujeron de forma diferente. Y claro que así fue, pero principalmente por un motivo contextual interno: al estar en su segundo mandato, Trump se siente más libre al gobernar y puede darse el lujo de tomar decisiones que antes no hubiera tomado por temor a perder la reelección.

Las apariciones de López Obrador solo alimentan una duda genuina: ¿quién tiene el control? ¿El líder del movimiento -quien dejó amarrada gran parte de las posiciones desde la elección del 2024- o la jefa de Estado?

Estados Unidos no deja de ejercer presión en contra del gobierno mexicano. Con todo, la presidenta ha respaldado la unidad del movimiento, cargando el posible costo político en el que incurra. No le queda una salida fácil y la decisión dependerá de qué tanta injerencia siga teniendo nuestro vecino. A pesar de ello, creo que lo mejor que podría hacer el expresidente es mantenerse al margen; apelar a la buena voluntad de Trump sería olvidar el país que representa y recurrir al personalismo debilita a quien es hoy su mejor aliada.

emilianomedina19@outlook.es