COLUMNA / Relatos mundialistas
Emiliano Medina
La relación entre México y el fútbol es complicada. Los mexicanos somos futboleros. De acuerdo con la medición de Nielsen de 2024, el fútbol es el deporte preferido del 56% de los televidentes, seguido del boxeo con 40% y del fútbol americano con 29%. Sin embargo, a pesar de que practicamos y consumimos muchísimo fútbol, los éxitos obtenidos en el máximo certamen son limitados, apenas dos apariciones en cuartos de final. Si en México nos gusta tanto el fútbol, ¿por qué la selección se sigue quedando corta en los mundiales?
Italia, Argentina, Alemania y Brasil son los únicos países que superan en participaciones a México. El tricolor ha estado en más justas mundialistas que potencias futboleras como Francia, España y Uruguay. Diecisiete es el número, con un balance de 60 partidos, 17 victorias, 15 empates y 28 derrotas. Los datos son contrastantes: un histórico competidor pero un recurrente fracasado. Sin embargo, México también tendrá el récord de ser el máximo anfitrión al hospedar por tercera ocasión el certamen en 2026, lo que demuestra que, además de ser históricos competidores, somos grandes huéspedes.
En cuanto a resultados, el trayecto del tricolor ha sido complicado. Gana su primer partido en una Copa del Mundo hasta el mundial de Chile 1962, derrotando a la selección de Checoslovaquia por un marcador de 3-1. Este resultado no es suficiente para superar la fase de grupos; no obstante, será la primera gran victoria en el máximo escenario.
Llega así el histórico mundial de México 1970, que será recordado por la buena actuación de la selección mexicana al superar la fase de grupos, dejando en el camino a Bélgica y El Salvador para, finalmente, caer en los cuartos de final por un marcador de 4-1 ante la Italia de Gianni Rivera. Como dato curioso, México comenzó ganando el encuentro con gol de José Luis González Dávila. Este mundial también es recordado por ser el tercer campeonato de la selección brasileña y por la icónica foto en la que Pelé es cargado en hombros vistiendo un sombrero charro.
Después de desastrosos resultados en ediciones anteriores, llega el mundial de México 86. En lo político, es recordado por la rechifla que se llevó el presidente Miguel de la Madrid al seguir adelante con el campeonato un año después del terremoto del 85. En el plano futbolístico, México volvió a alcanzar los cuartos de final al derrotar a Bulgaria en octavos. Sin embargo, caería 4-1 ante Alemania Federal, que sería la subcampeona del certamen. Además, este campeonato nos dejó momentos legendarios, la mano de Dios y el Gol del Siglo en el mismo partido entre Argentina e Inglaterra, celebrado en la Ciudad de México. Dos eventos históricos en un mismo partido.
Desde el 86, México no ha vuelto a quedar entre los mejores ocho equipos del torneo. Icónicas son las selecciones de Francia 98, Alemania 2006 o Brasil 2014, siempre “a punto” de la hazaña. La realidad es que, en un escenario de eliminación directa, el máximo logro de la selección mexicana ha sido eliminar a Bulgaria. Claro, en fase de grupos se le ha ganado a históricas como Francia o Alemania y se le han sacado empates a Brasil e Italia. Por desgracia, son espejismos; el nivel futbolístico de México es históricamente muy limitado.
Aun así, eso no parece ser lo más importante. La fiesta, la ilusión y la identidad parecen pesar más en la balanza cuando se habla de la selección mexicana. Basta un partido decente para creer que seremos campeones del mundo. Esa es la extraña relación entre el fútbol y el aficionado mexicano. Tal vez lo importante no es el desempeño, no son los contundentes resultados ni el nivel del equipo, mucho menos el análisis de los expertos. Puede ser que lo más importante sea que sólo se necesitan ganar siete encuentros para ser campeones del mundo, y esa ilusión, para el aficionado de la selección, es incalculable.
Emiliano Medina, aspirante a maestro en Ciencia Política por el CIDE, frustrado director técnico de fútbol.