La prisa por rotular que estamos en un giro temporal también trae un olvido sistemático no sólo del pasado inmediato, sino de la historia propia.
Gustavo Ogarrio
Me llama la atención que después del ataque a Venezuela por parte del gobierno de Donald Trump se haya intentado determinar de mil maneras que estábamos ante un drástico cambio de época. Por supuesto que con este hecho se vislumbra ya la formación de un mundo distinto, un presente espantoso que quizás anhela algo del ayer resquebrajado ante el más incierto y amenazante de los futuros inmediatos para América Latina. Por momentos esta urgencia de nombrar a la nueva época se parece a lo que podríamos identificar como un “tiempo unidimensional”: la prisa por rotular que estamos en un giro temporal también trae un olvido sistemático no sólo del pasado inmediato, sino de la historia propia en clave antimperialista. Eric Hobsbawm ya sentenciaba, al inicio de su “Historia del siglo XX”, que “la destrucción del pasado, o más bien de los mecanismos sociales que vinculan la experiencia contemporánea del individuo con la de generaciones anteriores, es uno de los fenómenos más característicos y extraños de las postrimerías del siglo XX”.
A veces, el ayer inmediato de un “tiempo de bienestar” se entrelaza y confunde en la memoria con ese “tiempo neoliberal”, este último también lo podemos entender como antecedente constitutivo de la amenaza imperial en el cual se bosqueja el recomienzo fascista en el presente. ¿Cuántos tiempos históricos se resquebrajan y reconfiguran con esta crisis del presente latinoamericano?
En sus memorias tituladas precisamente “El mundo de ayer”, escritas entre 1939 y 1941, en plena guerra, el escritor austriaco Stefan Zwieg (1881, 1942) escribe: “Y sabía que una vez más todo lo pasado estaba prescrito y todo lo realizado, destruido... Comenzaba algo diferente, una época nueva, pero ¡cuántos infiernos y purgatorios había que recorrer todavía para llegar a ella!”.