Una de las piezas más icónicas de la arqueología michoacana: principal deidad de los antiguos tarascos o purépechas.
Ricardo Carvajal Medina, colaborador La Voz de Michoacán
Una de las piezas más icónicas de la arqueología michoacana, es una figurilla antropomorfa de barro resguardada en el Museo Regional de Michoacán, “Dr. Nicolás León Calderón”, en la ciudad de Morelia. Su imagen ha sido reproducida en innumerables ocasiones en libros, revistas, afiches, murales, pinturas, esculturas, exvotos, logos, tatuajes y diversos artefactos suntuarios modernos. Se tiene la creencia -errónea- que es una representación del dios Tirípeme Curícaueri (“El Precioso que es Fuego”), principal deidad de los antiguos tarascos o purépechas. Al ser cuestionada esta identificación por las nuevas investigaciones historiográficas, se le ha denominado recientemente como: “El Pseudo-Curícaueri”.
A pesar de ser una pieza sumamente conocida, las indagaciones sobre su pasado han sido escasas, aunque se conoce desde hace más de 140 años. La historia de este artefacto ha logrado ser escrita, gracias a la formulación de las siguientes preguntas: ¿Quién encontró la figurilla?, ¿dónde se encontró?, ¿cuándo se encontró?, ¿quién dijo que era Curícaueri?, ¿cuáles son los elementos iconográficos de la figurilla?, ¿qué podría representar la figurilla?
Después de un trabajo detectivesco por varios años, dichas preguntas han podido encontrar respuesta. Ahora se sabe que fue encontrada en el Cerro de Tzirate (3,320 msnm), eminencia que se encuentra a 7 km al norte de Quiroga, cabecera del municipio homónimo, en el noreste de la cuenca de Pátzcuaro. La figurilla de arcilla cocida mide 11.7 cm de altura, 8.2 cm de ancho y 7.2 cm de espesor, representa un personaje antropomorfo sedente con ambas piernas juntas y flexionadas de costado, su mano derecha se encuentra sostenida en la rodilla, y la mano izquierda sobre el antebrazo derecho; en ambas muñecas cuenta con pulseras de cuentas. La cabeza y rostro de la figurilla es la parte más elaborada de la pieza: sobre la cabeza cuenta con un tocado de plumas largas hasta las orejas, y alrededor del cuello un collar. Cuenta con orejeras en el lugar de las orejas, y en ambos ojos cuenta con anteojeras; debajo de estas se encuentra la nariz. La figura tiene la boca entreabierta con tres dientes de la parte superior, y en las comisuras de los labios resaltan dos colmillos ligeramente curvados hacía los lados.
La referencia más remota de esta figurilla data de 1884 en la obra “México a través de los siglos”, cuyo primer volumen del pasado prehispánico estuvo a cargo de Alfredo Chavero (1841-1906), siendo el primero que publicó una imagen de la misma, y quién la identificó como “Curicaheri”. La fecha de su descubrimiento fue antes de 1884, y donada por el coronel Jesús Villanueva Barriga, oriundo de Quiroga y héroe republicano de la Segunda intervención francesa en México (1861-1867); está donación fue al Dr. Nicolás León (1859-1929), siendo registrada en los catálogos de piezas del Museo Regional Michoacano en 1892; en 1902 León afirmó que la figurilla era de su colección. Durante años se ha impuesto que esta figurilla es una representación del dios Curícaueri, pero esto es insostenible, y desde hace algunas décadas se viene afirmando que la figurilla no presenta atributos de fuego, sino de agua, y no masculinos, sino femeninos.
De la iconografía de la figurilla, destaca su rostro con un tocado de plumas y orejeras, con dos anteojeras y una boca dentada con un par de colmillos, en un estilo relacionado al Centro de México, muy posiblemente su iconografía sea de filiación teotihuacana (300 a. de. n. e. - 900 de n. e.) Las anteojeras y colmillos pueden asociarse más con el Dios de la Lluvia, mejor conocido por su nombre náhuatl de Tláloc (“Néctar de la Tierra”); ninguna fuente histórica tarasca menciona las anteojeras como atavío de Curícaueri. Además, la posición sedente de la figurilla podría indicar que la misma es una representación femenina, ya que, en la iconografía indígena, esta forma de sentarse está asociada a las mujeres; por lo menos así se ha observado en otras representaciones antropomorfas y en la Relación de Michoacán. Estas características iconográficas sugieren, que dicha figurilla es una entidad femenina asociada a una deidad pluvial; la diosa Chalchiuhtlicue (“La que tiene Falda de Jade”), podría ser una de las posibles identificaciones para esta figurilla. Quizás un nombre más adecuado para este artefacto pudiera ser la “Dama del Tzirate”, al tratarse de una entidad femenina y haberse encontrado en dicho cerro.
Sigue siendo un castillo en el aire historiográfico asociar este artefacto con el dios tarasco Curícaueri, aunque se ha convertido en un icono de la identidad y reivindicación del pasado por parte de los purépechas, siendo difundida ampliamente como una pieza de arte en el ámbito cultural actual. No obstante, una forma de conocer el pasado de la pieza y su artista, es a través de reconocer la idea que quiso plasmar en el barro hace cientos de años. La evidencia apunta que se trata de la representación de una advocación femenina del Dios de la Lluvia mesoamericano, y que fue elaborada antes de que la cultura tarasca se desarrollara históricamente.
*PARA SABER MÁS: Carvajal Medina, Ricardo (2020), “¿Es Curícaueri la figurilla resguardada en el Museo Regional Michoacano?”, en: Tempo. Revista de ciencias sociales y humanidades, Edición especial con Mechoacan Tarascorum y en homenaje a Urso Silva López, Morelia, julio-diciembre, núm. 15, pp. 25-39.
Ricardo Carvajal Medina, es Licenciado en Historia y pasante de maestría en Filosofía de la Cultura, por la UMSNH. Se ha especializado en el pasado michoacano, poniendo el acento en la cultura tarasca y la guerra amerindia. Ha presentado trabajos en diversos encuentros, seminarios, coloquios y congresos, impartido varios talleres, y publicado ensayos, artículos y capítulos de libro. Es miembro cofundador de Mechoacan Tarascorum.