No sorprende que Hamnet haya recibido tantos premios. Tampoco sorprende que haya llegado al cine
Yazmin Espinoza, colaboradora La Voz de Michoacán
“Nunca creas que estás a salvo. Nunca des por sentado que el corazón de tus hijos late, que beben leche, que respiran, que caminan, hablan, sonríen, discuten y juegan. Nunca olvides, ni por un instante, que pueden desaparecer, arrebatarte en un abrir y cerrar de ojos, arrebatarte como un vilano”
Maggie O'Farrell, Hamnet
Hamnet llevaba dos años mirándome desde el librero. Todavía con el plástico, intacto, como esas promesas que una hace y va postergando sin darse cuenta. Fue un regalo de cumpleaños de una amiga que me dijo, casi con solemnidad, que este libro me iba a atravesar. Yo le creí, pero aun así lo dejé ahí. Dos veces intenté escucharlo en audiolibro y dos veces me rendí en el primer capítulo. Tal vez era el tráfico, el ruido mental, o esa sensación de no tener todavía el cuerpo disponible para entrar en una historia así. A veces los libros también esperan a que una esté lista.
Cuando se anunció la película, algo se acomodó. Me negué a verla sin antes haber pasado por la novela. Así que un día cualquiera, sin ceremonia, le quité el plástico. El resto es historia. Ahora estoy obsesionada.
Desde el inicio, Agnes me tomó de la mano y no me soltó. Maggie O’Farrell construye un universo que no se impone, sino que se abre despacio, como si te invitara a pasar a una casa ajena con la certeza de que ahí hay algo que necesitas ver. Agnes es una mujer extraña para su tiempo y para el nuestro. No rinde cuentas, escucha al bosque, entiende el lenguaje de las plantas, percibe cosas que nadie más parece notar. Y, sobre todo, siente. Siente con el cuerpo entero. Leerla fue como volver a una intuición antigua, a esa parte que muchas veces callamos para sobrevivir al día a día.
Me atrapó tanto que tuve que volver al audiolibro y alternar formatos. Leía mientras podía y escuchaba cuando no podía leer. En el coche, mientras lavaba platos, antes de dormir. No quería salir de ahí. No quería dejar sola a Agnes. No quería adelantarme al golpe que sabía que venía, porque el título ya lo anuncia todo. Hay libros que una lee sabiendo que van a doler, pero aun así se lanza.
No sorprende que Hamnet haya recibido tantos premios. Tampoco sorprende que haya llegado al cine. Es una historia que pide ser contada una y otra vez, porque toca algo esencial. No habla del genio, del dramaturgo, del nombre que ocupa páginas enteras en los libros de texto. Habla de lo que queda al margen. De la casa. De la mujer que sostiene. De los hijos. De la pérdida. De ese dolor que no se nombra en las grandes biografías.
Sabemos muy poco de la familia de Shakespeare. Sabemos fechas, registros, nombres que aparecen y desaparecen. Sabemos que su hijo Hamnet murió a los once años y que, años después, escribió Hamlet. Todo lo demás es vacío. Y es en ese vacío donde Maggie O’Farrell decide entrar. No para imponer una verdad, sino para imaginar con respeto. Para preguntarse cómo se sobrevive a la muerte de un hijo cuando el mundo sigue girando. Cómo se respira. Cómo se vuelve a amar.
Agnes, o Anne, como aparece en casi todos los registros, ha sido tratada con una dureza injusta por la historia. Campesina, analfabeta, estorbo. O’Farrell se permite cuestionar esa narrativa y darle una identidad propia. Me conmovió profundamente pensar en todas las mujeres que han quedado reducidas a una nota al pie, definidas solo por su relación con un hombre famoso. Leer Hamnet es también una forma de mirar de frente esa injusticia.
La maternidad atraviesa toda la novela. No desde el lugar idealizado, sino desde el miedo constante, la intuición que no descansa, el amor que se vuelve terror cuando algo amenaza a los hijos. Hay escenas que tuve que leer más despacio, casi conteniendo la respiración. Como madre, fue imposible no llevarme el libro al cuerpo. Hay dolores que se reconocen incluso cuando no se han vivido.
La película llegó al cine y yo no quise esperar. Fui sola, como casi siempre. Robarme un par de horas para ir al cine se ha vuelto una forma de autocuidado. En la sala había más personas solas de las que imaginé. Y, sin embargo, nunca me sentí sola. Durante la función, la sala entera parecía latir al mismo ritmo. El silencio compartido, los suspiros, las lágrimas contenidas. Una comunidad momentánea unida por una historia.
Jessie Buckley hace un trabajo descomunal. Su Agnes duele, arde, se quiebra. Hay escenas en las que no dice nada y aun así lo dice todo. El duelo está en su espalda, en sus manos, en la forma en la que mira. Paul Mescal acompaña con una presencia contenida, y los niños son tan reales que olvidé que estaba viendo ficción. Chloé Zhao logra algo muy difícil: trasladar a la pantalla la intimidad del libro. Los colores, la música, los paisajes, todo envuelve sin distraer. El bosque, la casa, el teatro. Cada espacio carga emoción.
Al salir del cine, pensé lo mismo que al cerrar el libro. Acabo de presenciar arte. No esa palabra acartonada que a veces se usa para separar, para imponer distancia, sino arte en su forma más pura. Esa que te pega en la boca del estómago y te deja un nudo que tarda en irse. Esa que se nota hecha desde la pasión, desde la necesidad urgente de contar algo.
Hamnet no es solo una novela ni solo una película. Es una conversación sobre el duelo, sobre lo que se pierde y lo que queda. Sobre las mujeres que sostienen historias que otros cuentan. Sobre la maternidad como un territorio lleno de amor y de miedo. Sobre la memoria. Y sobre cómo, a veces, los libros esperan pacientemente hasta que estamos listas para abrirlos.
Sobre Yazmin Espinoza
Comunicóloga enamorada del mundo del marketing y la publicidad. Apasionada de la literatura y el cine, escritora aficionada y periodista de corazón. Mamá primeriza. Lectora en búsqueda de grandes historias.
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