El Festival de Cannes es un gran escaparate, el mejor del mundo pensaría yo, pero como lo he dicho antes, dentro de él mismo hay niveles, y en sus diversas secciones sin duda alguna Un Certain Regard es la mejor de ellas
La mayoría de los directores hacen pelícLulas con sus ojos. Yo hago películas con mis testículos, con mi sangre, con mi alma
Alejandro Jodorowsky
Hasta en el Festival de Cannes hay niveles, o más bien, principalmente en este festival son muy claros esos niveles; podríamos llamarlos marketing selectivo o selección discriminatoria que escogen las películas poniéndoles una gran etiqueta que las encajonan en un sitio en donde el espectador, de antemano, ya sabe a qué le tira cuando vea algunos de estos trabajos.
En sus seis categorías oficiales y dos paralelas, hay una en lo particular que se sigue atreviendo a mostrar obras disruptivas que hacen honor a la razón de existir de este certamen; me refiero a Un Certain Regard (Una cierta mirada), la cual pareciera que en su programación no tiene ningún compromiso con nadie, es decir, que no va respaldada por alguna gran compañía productora ni que tenga que hacer uso de “sus conectes” para formar parte de esa élite tan codiciada.
Esta sección mantiene una pureza casi intacta. Si analizamos la calidad temática de las películas que han formado el catálogo de Una Cierta Mirada podremos darnos cuenta de la diferencia entre esta sección y las otras de mayor renombre.
Un Certain Regard se crea en 1979, 32 años después del nacimiento del Festival de Cannes, con el objetivo de mostrar largometrajes más originales y audaces que los de la selección principal, destacando por una narrativa más atrevida y que a menudo funge como un escaparate para cineastas emergentes o no tan conocidos en ese momento, como los mexicanos Francisco Vargas con El violín en 2006, Diego Quemada-Diez con La jaula de oro en 2013, o la salvadoreña Tatiana Huezo con Noche de Fuego en el 2021, entre muchos otros.
Al día de hoy, en la sala Debussy (espacio donde se presenta esta categoría), se han proyectado más de 850 películas, que destacan por su osada propuesta narrativa y que más allá de pretender una salida comercial, buscan dejar una herida en nuestras conciencias.
Quisiera hacer mención de dos películas que por lo menos a mí, me dejaron un extraño y amargo sabor de boca: Un poeta del colombiano Simón Mesa, ganadora del premio del jurado el año pasado, y La misteriosa mirada del flamenco del chileno Diego Céspedes, la cual obtuvo el premio principal de esta ventana también en el 2025. Hago énfasis en estas obras ya que ambas se sumergen en el complejo mar del pensamiento humano, es decir, sus historias abordan la condición del ser desde sus rincones más bizarros. No intentan distraernos de la trama principal con ornamentos baratos que suavicen la realidad, al contrario, tanto Un poeta como La misteriosa mirada del flamenco, desde sus primeros minutos, nos muestran personajes diametralmente opuestos a los estándares de una estética ideal e inclusive exaltan las penurias marginales de una sociedad desolada, triste y desesperanzada.
Un poeta narra la historia de Óscar Restrepo, un escritor reprimido que vive en Medellín. Dependiente de su madre, luchando contra el alcoholismo y frustrado por no alcanzar el éxito, la vida de este poeta cambia al conocer a Yurladi, una joven estudiante con grandes aptitudes como escritora. Obsesionado con ella, Óscar intenta guiarla y convertirla en lo que él nunca pudo ser, pero como en la vida misma, cuando creemos que todo está bien, no lo está. Óscar es acusado de abusar de su pupila y su ya complicada realidad se convierte en un infierno aún más ardiente que en el que ya habitaba. Y no crean que con esto ya les conté el meollo de la trama, no, ni cerca de ello; Simón Mesa, con una cadencia magistral nos hunde sin tapujos en un agujero repleto de matices cada vez más oscuros.
Esta película, aunque se percibe simple en su estructura argumental, no lo es. Sus dos horas de duración están llenas de aristas que enrarecen progresivamente la trama y llena de los obstáculos más absurdos a nuestro personaje principal, llegando a un callejón sin salida en donde la única solución es morir o gritar o matar, o en su defecto agachar la cabeza, guardar silencio y aceptar que no hay remedio, que estamos destinados a vivir como nacimos, aunque eso signifique vivir hincados, sometidos al lacerante látigo de la cruda realidad. Citando a la revista Rolling Stone: es una película que convierte la fealdad moral, social y emocional en un campo de batalla donde todavía es posible defender la belleza. Alejándonos de los barrios bajos de Colombia, nos trasladamos ahora a un pequeño caserío en el desierto chileno de Atacama, en donde el árido paisaje es uno de los protagonistas de esta trama. En La misteriosa mirada del flamenco, a diferencia de Un poeta, el ritmo es menos trepidante, de hecho se podría decir que en esta película el propio desierto hace las veces de freno de mano, ya que en su extenso horizonte no se vislumbra nada más que el propio paisaje amarillo, o sea que no hay a donde ir, no hay escapatoria, los problemas que ahora les contaré se deben resolver en casa y eso convierte a esta historia en una especie de confinamiento asfixiante en donde los personajes deben aprender a lidiar con sus propios demonios.
Esta rara obra de Diego Céspedes transcurre en el norte de Chile, en 1982, y es protagonizada por Lidia, una niña que es testigo de la llegada y propagación del VIH en el país. La situación afecta especialmente a su madre adoptiva, una travesti llamada Flamenco. Hasta aquí la sinopsis oficial.
Pero les cuento lo que yo entendí cuando la vi sin saber nada de ella, ni haber leído de qué trataba. En un pequeño, pequeñísimo poblado, conviven “en armonía” un grupo de mineros, un puñado de travestis y una niña. Es a través de la mirada de ésta última desde donde se nos relata la historia. Una rara enfermedad cae sobre algunos habitantes, se piensa que es una maldición por entablar una relación amorosa con los travestis, una especie de hechizo, de peste, y aquí hago un paréntesis: en Un poeta no hay cabida al esoterismo, no hay espacio para los fantasmas, todo es crudo, urbano, humano; en cambio, en La misteriosa mirada del flamenco, la mezcla entre la realidad y lo desconocido siembra una permanente narrativa entre lo surrealista y lo realista. Esto le da un toque mágico a la película. Si quisiéramos clasificarla en un género específico sería el realismo mágico. Pero no hay nada más alejado de la brujería que el sida, pero esto no lo saben los aldeanos. Y esa es precisamente la habilidad de este director, la de llevarnos de la mano entre esos dos mundos rozando sus fronteras, pero siempre generando la duda en el espectador.
Ahora bien, buscando similitudes entre ambas obras, una de ellas es la miserabilidad de sus personajes; otra podría ser la desesperanza y otra más la indestructible muralla de hierro que les impide crecer, evolucionar, salir de su precariedad. Como lo dije antes: no hay remedio, están destinados a morir como nacieron, enfermos, contagiados de sí mismos.
Pero siguiendo con la crónica: los mineros tratan de alejarse lo más posible de los enfermos, pero estando en ese aislamiento tan marcado, no es fácil resistirse a la tentación, así que sucede lo que tenía que suceder, uno de los excavadores se enamora perdidamente de Flamenco, contrae la maldición y es repelido por sus compañeros hasta su muerte inminente.
Tanto la película de Simón Mesa como la de Diego Céspedes, basan su fortaleza emocional en la implosión de sus personajes. Si existiera un infierno sería ese: el Medellín de Óscar y el desierto de Flamenco. Ninguno de los dos pretende mentirnos, mucho menos suavizarnos la experiencia de estar sentados frente a la pantalla, al contrario, los dos se abren de capa y nos enseñan sus miserias.
Regresando al inicio y tratando de redondear este texto, el Festival de Cannes es un gran escaparate, el mejor del mundo pensaría yo, pero como lo he dicho antes, dentro de él mismo hay niveles, y en sus diversas secciones sin duda alguna Un Certain Regard es la mejor de ellas. Por algo se llama así, porque esa mirada ajena a los “estándares oficiales”, ese enfoque radical y propositivo, nos dará siempre la esperanza de que el cine no ha muerto.
Espacio Solaris es un espacio de exhibición cinematográfica independiente, alternativo e incluyente ubicado en el corazón de la ciudad de Morelia. También es el hogar del podcast Butaca 39 y de la Muestra de Cortometraje Contemporáneo 5C.
IG. Espaciosolaris FB. Espacio Solaris
Juan Pablo Arroyo Abraham