Alfredo Soria – Morelia, Michoacán
Entre los puestos instalados en la Plaza del Carmen, donde cada Semana Santa todavía aparecen los tradicionales judas de cartón colgados y alineados para la venta, Juan Barajas sigue llegando desde Acámbaro con la constancia de quien lleva toda una vida repitiendo el mismo viaje. Tiene 68 años y asegura que detrás de ese oficio no sólo hay comercio, sino memoria familiar, costumbre y una tradición que poco a poco se va quedando sin relevo.
“Ya tenemos muchísimos años viniendo, unos 50 años o hasta más, porque venían mis abuelos, mis papás y luego nosotros”, contó. Para él, regresar cada año a Morelia no es únicamente una forma de obtener un ingreso adicional, sino también de sostener una práctica que aprendió desde niño y que hoy ve en riesgo de desaparecer.
Aunque la escena todavía llama la atención de quienes pasan por la plaza, Juan reconoce que los tiempos han cambiado y que la venta ya no es la de antes. “Antes sí era redituable; ahorita ya nomás es como una costumbre de venir y sacar algo”, dijo. Aun así, insiste en no faltar, porque dejar de hacerlo, asegura, sería romper con algo que ha acompañado a su familia por generaciones.
La historia de su presencia en estas fechas está ligada también a su oficio principal: la pirotecnia. Juan y su familia se dedican a elaborar castillos, toritos y otros juegos artificiales, mientras que en temporada de Semana Santa complementan la actividad con la venta de judas. En su caso, no fabrican desde cero las figuras de cartón, pero sí intervienen en el acabado final. “Los muñequitos no los elaboramos nosotros; les damos color, los pintamos y les hacemos el cohete”, explicó. Las piezas, dijo, provienen de artesanos de Celaya.
En los puestos todavía sobreviven distintas figuras, pero son los modelos tradicionales los que siguen teniendo más salida. “Buscan más el charro, el diablo y la muerte, que es lo tradicional”, comentó. Otras figuras más recientes o inspiradas en personajes distintos han perdido fuerza con el paso del tiempo.
Más allá de la venta, lo que a Juan le pesa es el desgaste de una tradición que antes reunía a más familias y más puestos en la ciudad. Recordó que años atrás la Plaza del Carmen lucía llena de vendedores, mientras que ahora el panorama es mucho más reducido. “Antes se llenaba el Carmen; éramos como 40 personas. Ahorita ya venimos como ocho o 10”, relató.
La disminución no sólo se refleja en el número de comerciantes, sino también en la falta de continuidad entre las nuevas generaciones. Juan admite que sus hijos ya no siguieron ni el trabajo de la pirotecnia, ni la venta de judas. “Ya se está perdiendo esto, porque nuestros hijos ya no siguieron ni lo que yo trabajo ni esto”, lamentó. Confía en que algunos sobrinos puedan interesarse y mantener viva al menos una parte del oficio, pero no lo da por seguro.
La ausencia de la tradición durante la pandemia le confirmó el peso emocional que tiene esta actividad en su vida. “El día que no venimos, como en tiempo de la pandemia que no se hizo nada, sí se siente medio triste estar uno sin hacer nada, porque ya estábamos envueltos en venir estas fechas a vender el Judas”, recordó.
Acompañado por su esposa, dos nietos y una nuera, Juan permanece en Morelia durante los días fuertes de venta, sobre todo jueves y viernes santos, cuando todavía hay más movimiento. Después, el flujo baja notablemente. “Ya el sábado está muy triste, estamos solos”, dijo. Aun así, se quedan un poco más, recorren la ciudad y disfrutan la visita. “Nos gusta mucho Michoacán”, afirmó.
Con el paso de los años, la venta de judas en Morelia parece sostenerse más por la terquedad de quienes se niegan a dejar morir la costumbre que por la rentabilidad del negocio. En Juan Barajas esa resistencia tiene rostro familiar, oficio heredado y una preocupación cada vez más evidente: que un día los judas dejen de llegar a la Plaza del Carmen porque ya no hubo nadie que quisiera seguir colgándolos.