La palabra escrita la ha acompañado siempre. Hija y nieta de gente moreliana, con un abuelo abogado y lector compulsivo, Lucía creció en una familia donde los libros eran parte natural del paisaje cotidian
Víctor E. Rodríguez Méndez
Lucía Felicidad Chávez Rivadeneyra nació en el Sanatorio del Sagrado Corazón, en la antigua Calle de la Amargura de Morelia, frente a la Calle del Suspiro, un detalle geográfico que, según ella, equilibró desde el principio las fuerzas de su destino. Su nombre completo fue una decisión compartida de su madre y de su padre, para quienes la llegada de su primera hija representó “una profunda felicidad”. Morelia, la ciudad de los párpados rosados que evocaba Neruda, marcó el inicio de una vida tejida con palabras, cuya posterior obra poética, sobre todo, trenza la intimidad del cuerpo femenino, la memoria herida y la rebeldía.
Con el tiempo, Lucía Rivadeneyra (Morelia, Michoacán, 1957) se convirtió en su nombre artístico, la mera contracción de su nombre de pila. Al día de hoy, conviven en una sola. “No sé hasta dónde lleguen ambas”, dice en entrevista. “Hasta donde sea posible”. Actualmente, Lucía Rivadeneyra es una de las voces más consistentes y relevantes de la poesía mexicana contemporánea, así como una destacada periodista, académica y defensora del periodismo cultural y feminista.
Ha publicado los libros Rescoldos, En cada cicatriz cabe la vida, Robo calificado, De culpa y expiación y De capital enfado son los verbos. Su poesía, incluida en más de cuarenta antologías y traducida a varios idiomas —entre ellos el purépecha—, indaga sin prejuicios en la culpa, el deseo, la expiación y la condición de ser mujer en un mundo que aún castiga la libertad femenina.
Además de su obra poética, ha participado en numerosos libros colectivos sobre temas como la violencia, la migración, el feminismo, el periodismo cultural y la historia del cine mexicano, consolidándose como una intelectual comprometida con las causas de las mujeres y con la reflexión crítica sobre la sociedad mexicana. A lo largo de su carrera ha recibido importantes reconocimientos, entre ellos el Premio Nacional de Poesía Joven “Elías Nandino”, el V Concurso Nacional de Poesía “Enriqueta Ochoa” y el Premio Nacional de Literatura “Efraín Huerta” (2003). En 2013, el Primer Encuentro Nacional de Poetas Jóvenes en Morelia se realizó en su homenaje.
Formada en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), es licenciada en Ciencias de la Comunicación por la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales (FCPyS) y maestra en Literatura Mexicana por la Facultad de Filosofía y Letras. Desde 1981 es profesora de la FCPyS, donde ha formado a generaciones de comunicadores con una perspectiva que cruza periodismo, literatura y crítica cultural. Lucía considera ese logro un verdadero lujo, especialmente siendo moreliana de raíz.
“Soy una mujer que ha tenido muchas plenitudes”, señala. “Ha habido de todo en mi vida, por supuesto, pero, después de haber nacido en Morelia, ser académica para mí es muy importante. Hasta el momento he hecho cosas que me han dado mucha alegría. Hago lo que me gusta: leer, escribir, dar clase y, además, fui madre por elección y por decisión. Todo eso es un lujo para mí”.
Criada entre palabras
La palabra escrita la ha acompañado siempre. Hija y nieta de gente moreliana, con un abuelo abogado y lector compulsivo, Lucía creció en una familia donde los libros eran parte natural del paisaje cotidiano, según cuenta. “Me fui criando entre palabras”. La poesía llegó temprano de la mano de su madre, quien le enseñó poemas para niñas y niños, y otros no tanto, casi todos breves y muy intensos. “Me contaba historias mágicas”, recuerda. Todavía hoy recita de memoria “Los motivos del lobo” de Rubén Darío.
En la primaria sorprendía a sus maestras recitando versos. La música, heredada de su padre médico, acompañó siempre esa sensibilidad, pues poesía y música, para ella, caminan inevitablemente de la mano. “En la secundaria mi materia favorita era literatura. Me hubiera gustado saber cantar, y a lo mejor como no sé cantar me puse a escribir. Mi formación es de casa, de academia y de vivencia”. Desde entonces hasta ahora, la poesía le ha dado más que todo lo demás, afirma. “Porque viene desde las vísceras hasta la superficie de la piel. Es parte de mí”.
Aunque su infancia transcurrió en Morelia —entre abuelos y abuelas, campanas, cantera y la casa familiar—, su familia se trasladó a la Ciudad de México cuando era niña. Su padre fue a especializarse al Hospital General por lo que serían sólo dos años; han pasado casi cincuenta. Ella, sin embargo, mantiene un vínculo vivo con su ciudad natal: “La infancia para mí es Morelia. Yo nunca me voy, solamente regreso”.
La Morelia de hoy le parece desbordada, muy distinta a los recuerdos de infancia, pero conserva un espacio propio donde siempre se siente en casa. “Nunca me he sentido extranjera”.
El dolor y el cuerpo
Ha publicado varios libros de poesía cuyos títulos —con palabras como cicatriz, herir, robo, rescoldos, culpa, expiación— revelan una obra habitada por el dolor, la huella de la experiencia y la intensidad vital. Entre sus referentes poéticos esenciales menciona a Sor Juana, Enriqueta Ochoa, Dolores Castro, Telma Nava y Francisco Hernández, entre muchos otros.
“El dolor da más elementos para escribir que la felicidad”, asegura Lucía, aunque también ha sabido capotear los amores, los desamores, los viajes y los momentos plenos. “De culpa y expiación siempre tenemos referencias en Morelia. Sobre todo la culpa, pero —por fortuna— algunas nos la vamos quitando con el paso de los años y nada más seguimos el camino de la vivencia, ni siquiera de la expiación, sino de la vivencia”.
El cuerpo, especialmente el cuerpo de la mujer, es un motivo central y recurrente en su poesía. Perteneciente a la generación que en los años setenta exploró con libertad el erotismo, Lucía escribe sobre el cuerpo como lo que sostiene, vibra, huele y siente, según sus propias palabras. Lo hace sin culpas, desde la liberación. Ha abordado el embarazo, el duelo, las mujeres, los suicidas, el erotismo taurino, la gastronomía, el lenguaje legal y el religioso, jugando con ellos en textos como en su poema “Letanía” de su más reciente plaqueta, De capital enfado son los verbos, en la que retoma los pecados capitales —“algunos son deliciosos”, apunta—, veniales y mortales, y explora en poemas breves temas como la mudanza, la separación, la hipocondría y la salud, transitando del cuerpo enfermo al cuerpo amoroso. Sobre ellos, los pecados, agrega, “hay que reflexionar para rato, porque vivir sin pecados no es vida”.
A la pregunta de cómo nace un poema para ella, asegura que surge a menudo como cazadora de palabras: una frase escuchada, un verso que aparece como final y que obliga a construir hacia atrás.
Respecto al lugar que ocupa la poesía en un mundo siempre en conflicto, Lucía afirma que el arte en general no busca solucionar las violencias que vive México, por ejemplo, pero sí acompañar y ayudar a reflexionar, como lo hicieron las artes durante la pandemia. “Hubo gente que se puso a escribir, otros a pintar, o sea, era la necesidad de trascender de una u otra manera, de manera íntima o no social”.
Contra la opresión histórica
Lucía Rivadeneyra representa una generación de escritoras que lograron abrirse paso en espacios tradicionalmente masculinos, combinando rigor académico, ejercicio periodístico de alto nivel y una voz poética madura y auténtica.
Paralelamente a la creación literaria, ha desarrollado una sólida trayectoria periodística. Colaboró en el periódico unomásuno (en sus suplementos “Página Uno” y “Universitas”), el semanario etcétera, ocho años ininterrumpidos en la histórica revista fem (pionera del feminismo en México), los semanarios Día Siete y Domingo de El Universal, y los suplementos “Laberinto” y “Todas” de Milenio. También ha participado en programas de radio y televisión, mesas redondas, congresos nacionales e internacionales, y talleres de periodismo y literatura.
En fem escribió crónica, entrevista, reportaje, artículos y ensayo sobre un tema que la apasiona: la equidad de las mujeres. Entre 2009 y 2023 mantuvo una activa colaboración en el blog mujeresnet.info. Para ella, el periodismo ha sido una trinchera contra la opresión histórica. “Esas colaboraciones han sido un punto fundamental en mi historia periodística. La opresión es una cosa histórica y he tratado de que se vaya alivianando, al punto de que mi trinchera que es ésa, tanto en la academia como en mi quehacer periodístico”.
Valora enormemente los anticonceptivos y la educación como liberadores fundamentales de las mujeres: “La libertad es un bien invaluable”. Y añade: “Ahora es impresionante que en mis grupos en la Facultad de Ciencias Políticas he llegado a tener 40 mujeres y cinco hombres. Eso es maravilloso, porque cuando yo entré a la Facultad era al revés. La educación es una piedra de apoyo, un lanzamiento, es una catapulta al mundo”.
Reconoce el abismo recorrido en los recientes cincuenta años, pero observa con preocupación ciertos retrocesos, especialmente en los comentarios anónimos en redes y en la lentitud de algunos varones para comprender los cambios. “Es una pena. Se me hace difícil dar una opinión de si está bien, mal o regular, porque también hay muchos tipos de feminismos. Al final todo va a depender de la formación y vivencia de cada persona, y también de sus conceptos. Pero sí hemos avanzado, muchísimo”.
Del periodismo actual lamenta la crisis de formación y la erosión ética, agravada por el impacto de las redes sociales. Frente a eso, evoca a los grandes editores, cronistas y reporteros del pasado. “Sin duda, el periodismo está pasando por un momento muy difícil. Una clave es la falta de investigación; se van por encimita y los resultados son los excesos de calificativos. El efecto digital ha sido desastroso, porque ahora el TikTok y las redes sociales definen los temas y cómo escribir, con lo que el verdadero ejercicio periodístico está siendo nulificado”.
En 2023 recibió el reconocimiento Sor Juana Inés de la Cruz de la UNAM por sus más de cuarenta años de trayectoria académica, investigadora y literaria. Fue, para ella, una “sorpresa agradabilísima y emocionante” de la institución que considera su casa. “El reconocimiento implica todo: publicaciones, academia, investigación, y que además lleve el nombre de Sor Juana... Para mí es importante. La UNAM me ha dado muchísimo, una formación, me ha dado amigos, me ha dado amores, desamores, todo”.
Viajera, académica feliz y agradecida, lectora voraz y madre por elección, Lucía Rivadeneyra sigue trabajando en nuevos proyectos, algunos ya muy avanzados. Su obra se sigue nutriendo de vivencias cotidianas, lecturas, música, viajes, amores y desamores. Y en esa intensidad, en esa plenitud que incluye cicatrices y gozos, Lucía Rivadeneyra sigue escribiendo. Porque, como ella misma dice, la vida sin pecado no es vida.
Víctor Rodríguez, comunicólogo, diseñador gráfico y periodista cultural.