Morelia, Michoacán/Félix Madrigal/ACG

Para muchos, su sabor es un recuerdo de la infancia. Esos pequeños trozos de pan tostado que se venden a las afueras de algunas iglesias tienen un origen que pocos conocen: son los recortes que quedan de la elaboración de las hostias utilizadas en las celebraciones religiosas.

Laura Rojas explica que su preparación está a cargo exclusivamente de las religiosas, quienes utilizan máquinas especiales para extender la masa y cortar los círculos perfectos que posteriormente serán destinados a las ceremonias católicas.

Lo que sobra de esas planchas es aprovechado y llega a las iglesias para su venta. Se trata de pan sin levadura, elaborado con una masa especial que se extiende hasta quedar delgada y de la que se extraen las formas circulares. Los pequeños sobrantes son los que muchas personas reconocen por su textura tostada y su particular sabor.

Su comercialización comenzó a llamar la atención de los niños durante las clases de catecismo, recuerda Laura. Con el tiempo, aquella pequeña tradición se extendió a distintas iglesias, donde estos recortes se convirtieron en un producto conocido por quienes acostumbran visitar los templos.

Pero hay una diferencia importante entre estos trozos de pan y las hostias que se utilizan durante la comunión. Laura aclara que los recortes no están consagrados ni pueden venderse como si lo estuvieran. La hostia adquiere su significado religioso después de la consagración, cuando, de acuerdo con la fe católica, representa el cuerpo de Cristo.

En estas fechas, cuando las celebraciones paganas también forman parte del ambiente de los últimos días de octubre, Laura menciona otra situación que preocupa dentro de la Iglesia: el robo de hostias consagradas. Explica que algunas personas llegan a retirarlas de su boca después de recibir la comunión, con la intención de llevárselas para utilizarlas en prácticas que considera sacrílegas. Por ello, señala que en algunos templos se mantienen personas vigilando durante las ceremonias para evitar que esto ocurra.

Detrás de un pequeño trozo de pan que muchas personas compran por gusto o por nostalgia, existe un proceso de elaboración ligado a las prácticas de la Iglesia y una costumbre que ha acompañado a distintas generaciones desde sus primeros recuerdos del catecismo.