Morelia, Michoacán / Humberto Castillo Mercado-ACG
Cada mañana, desde hace años, don Abel Zamudio Ramírez ocupó el mismo crucero de la avenida Villa Universidad. Ahí, bajo el sol o el frío, ofrecía mazapanes a los automovilistas. No era solo un trabajo: era su forma de seguir siendo útil, de sostenerse con dignidad y de sentirse vivo.
Hoy, a sus 86 años, ese crucero le queda lejos. Un accidente y una cirugía realizada en diciembre pasado lo obligaron a detenerse.
Desde entonces, la espera se ha vuelto pesada. Don Abel quiere regresar a trabajar, no por ambición, sino por costumbre y necesidad.
“Uno se acostumbra a salir adelante”, dice, con la serenidad de quien ha pasado toda una vida trabajando.
Originario de Moroleón, Guanajuato, don Abel conoció el trabajo desde niño. Huérfano desde los cinco años y viudo desde hace varios años, aprendió temprano que la vida no da tregua. De joven trabajó en el campo.
“En el campo, joven”, repite, como si ahí estuviera la raíz de todo: la resistencia, el aguante, la disciplina.
Con el paso del tiempo, la tierra ya no fue suficiente y llegaron otros oficios. Caminos largos, jornadas duras y encuentros breves marcaron su historia.
Entre recuerdos que a veces se confunden, don Abel habla de personas que lo ayudaron, de casas donde encontró refugio y de nombres que aún guarda, como don Pancho, con quien compartió momentos difíciles.
La vejez lo encontró casi solo, pero no del todo. En su camino apareció María del Carmen Muñoz Chávez, a quien hoy llama su nieta de corazón. Madre soltera, ella se acercó a don Abel cuando lo veía trabajar en la calle y, sin planearlo, construyeron una familia. Con ella llegó también una pequeña de cinco años, a quien don Abel nombra con orgullo: “mi niñecita”.
La pequeña familia —don Abel, su nieta de corazón y su bisnieta por adopción— habita un cuarto en la colonia popular Colinas del Sur. El espacio es reducido, pero ahí hay compañía. Comparten lo que hay: frijoles, sopas, lo indispensable.
“De todo se puede comer”, dice él, convencido de que la escasez no es lo más duro.
Lo que más le pesa no es la falta de dinero, sino no poder salir a trabajar. Don Abel se entristece al ver que muchos jóvenes no quieren hacerlo, mientras él, a sus 86 años, anhela volver a la calle con su caja de mazapanes. También reflexiona sobre el abandono.
“No está bien dejar a la gente”, dice, al pensar en los adultos mayores que son olvidados por sus hijos. “Todos llegamos a eso”.
Don Abel sigue recuperándose. Espera que el cuerpo le dé permiso de volver al crucero. Ahí, entre el semáforo y los autos, quiere recuperar su rutina. No pide caridad. Solo la oportunidad de seguir trabajando, como lo ha hecho desde niño, como ha vivido siempre.