Asaid Castro/ACG – Morelia, Michoacán

El mobiliario urbano del Centro Histórico de Morelia agoniza entre el vandalismo y el abandono. Lejos de ser espacios dignos de descanso, las bancas públicas del primer cuadro de la ciudad lucen tapizadas de grafitis, rayones y madera tallada, reflejo de una evidente falta de mantenimiento y del poco cuidado ciudadano.

​El daño es generalizado. Basta caminar por la calle Nigromante, los corredores entre portales o las inmediaciones de la Catedral para notar el deterioro. En espacios emblemáticos como la Plaza de Armas o Jardín de las Rosas, es prácticamente imposible encontrar un asiento libre de marcas; las afectaciones van desde pintas superficiales hasta profundos surcos hechos directamente sobre las maderas.​

Este desgaste acelerado no responde únicamente al paso del tiempo. Son los propios usuarios quienes convierten el mobiliario en lienzos para vandalizar, arruinando puntos diseñados para la observación y el encuentro en la zona más transitada de la capital.

Tampoco existe una estrategia visible, continua, ni especializada para limpiar, restaurar o conservar estos elementos. Las intervenciones, si las hay, son aisladas.

Hoy, estas bancas enclavadas en una zona de valor histórico terminan por evidenciar dos cosas: el descuido colectivo de quienes las transitan y la urgencia de acciones firmes por parte de las autoridades para su preservación.